El arte como apuesta
En un interesante y misceláneo blog, “Oceanografía del aburrimiento“, encuentro un post dedicado a una observación hecha por Roberto Gómez Bolaños, alias “Chespirito”, y cito fragmentos del post:
De hecho no ha sido el dedo en la llaga, pero donde sí metió el pulgar Chespirito, previa untada en salsa de rocoto, fue en su propia nariz. Menuda torpeza digna del Chavo pues, escribir en su columna del diario mexicano ”El Centro”, que la “Guernica”, una de las obras cumbres de Pablo Picasso, es una caricatura. Buen motivo para esconderse en el barril un par de días.
“Quien me convenza de que el cuadro “Guernica” no es una caricatura va a tener que hacer un gran esfuerzo, porque al verla detalladamente no me parece otra cosa”, afirmó Gómez Bolaños.
Ciertamente, no hay un enlace a lo que escribió en conjunto el susodicho columnista, ni veo a qué se refiere en el contexto de su columna. Sólo el escandoloso acontecimiento de “mancillar una obra de arte” -en la interpretación del autor del post.
Pienso lo siguiente.
¿Qué es una caricatura? ¿Un remedo de una cara? ¿Una interpretación de calidad variable que toma como objeto un rostro? ¿Una interpretación de lo que, en esencia, es esa persona? O tal vez es lo que hacen ciertas personas para ganarse la vida en los mercados y plazas, o lo que hacen algunos artistas renombrados que figuran en los mejores periódicos del mundo. O, no sé, rostros pintados por Picasso alguna vez, al caer de su mano, cuando lo visitaban. Y no sé si el señor opinante, alias Chespirito (una caricatura léxica de Shakespeare, ¿será?), quiso decir, pues falta el contexto a la frase. Sólo creo que “El Guernica es una caricatura” es una frase que tiene distintas profundidades o ángulos. Es, quizá, una frase “caricaturesca”, y, en ese sentido -siendo furiosamente jacokbsoniano- literalmente poética. En fin, yo no sé, pero me deja pensando.
Voy algo más allá. Una vez leí que la diferencia entre manierismo y lo anterior o lo posterior, es decir, entre “lo manierista” y “lo no manierista” (es decir, todas las corrientes artísticas consolidadas) es que el manierista trata al objeto artístico como un objeto en sí, como si las características del objeto fueran, en sí, productoras de belleza o arte. Es decir, la obra de arte no comunica, es un objeto decorativo, de allí que se dediquen a variar sólo texturas, partes, posturas. En cambio, quien no es manierista trata al objeto de arte como una condensación de experiencias, como un camino, como un vehículo, un objeto en continua construcción, donde sus características se vinculan fuertemente con experiencias o con referentes sociales o culturales, de tal modo, que la composición del objeto de arte es un esquema de interpretación que va enriqueciéndose conforme las personas lo disfruten o lo perciban. Además, el no-manierismo implica que se hable del objeto, se comente, se haga en relación con él, es decir, no pide la contemplación o el placer inmóvil.
Y ¿por qué digo esto? Ah, es que cuando leí el post me pareció que el autor trataba al Guernica como un manierista, el Guernica es solo para ser disfrutado y tiene ganado un puesto imperecedero y cristalino en la historia del arte (la cual varía continuamente, claro). Me pareció el autor implicaba que no podíamos cambiar de opinión sobre una obra de arte consagrada, que una obra de arte consagrada ya lo es para siempre, y que nuevas experiencias respecto de ella no son necesarias. Decirle “caricatura” al Guernica es mirarla desde el arte no oficial, que sería equivalente a afirmar que el Guernica es muy “gore” o utilizar partes del Guernica en afiches (lo cual… se hace continumente). Al menos, Chespirito está tratando de entender el Guernica desde sus gastadas neuronas.
Recuerdo mucho el inicio de Amadeus, cuando Salieri toca tonada tras tonada (compuestas por Salieri claro) al sacerdote y éste no reconoce ninguna. Luego, toca una última, el sacerdote sonríe y dice: ah, sí, ésta la conozco. Sólo que no era de Salieri. Es de Mozart. Y Mozart vive porque su música cambia, o, mejor dicho, no cambia, abarca el universo de las experiencias humanas, su evolución, su futuro, sus posibilidades. Sea cual sea el cambio del ser humano, una obra de arte, Guernica o Las Meninas, Mozart o Beethoven o Bach, siempre es imperecedera porque alberga el cambio, porque es una apuesta sobre la duración de la experiencia humana.
Nada entra por los ojos que no haya estado en el alma, digamos. O nada sale por la boca que no haya entrado por los ojos, también. De una u otra forma, nosotros, los hijos de las palabras y las cosas en conflicto, encontramos la sabiduría. Es decir, nos anclamos en los orígenes de nuestra confusión. ¿Quién o qué o cómo empieza nuestro pasmo ante lo que se nos resiste, al control, a la apropiación, a la definición?
Estamos enrrollados en nosotros mismos, mientras los objetos son el infinito. Entonces, si no nos desenrrollamos para ser lo que llamamos objeto, ¿cómo llegar a ser? De alguna forma multimorfos, de alguna forma continuamente negadores de nosotros mismos, nos trascendemos despojando al sujeto de su contenido, y de ese modo somos el movimiento que nos disuelve. Y así permanecemos, perdidos, advertidos, atentos. Y somos la sonrisa del gato de Cheshire. La sonrisa sin gato. La pura relación.
No sé qué escribir en mi blog, me decía, mientras yo sentía que ésa no era la verdad. La sensación implícita es que todo lo que podía escribir le parecía poco original, ¿por qué escribir lo que siento si no agrega nada nuevo al mundo? escuchaba detrás de sus palabras. ¿Y qué podía decirle? Le dije que todo lo que uno ve, lo ve de manera única. Si escribía sobre esa experiencia, estaría siendo original. Dijo que sí, era verdad. Pero detrás de estas otras palabras decía: es evidente, pero sigo sin agregar nada significativo al mundo. Siempre estaba ahí la desilusión y la desesperanza, sentimientos que le impedían escribir libremente.
Si sucede que la escritura es un escándalo, una blasfemia, una muerte, ¿por qué escribir? No digamos que nos ayuda a vivir fuera del tiempo. La idea de la fama y de la supervivencia a través del recuerdo es un beneficio menor y un consuelo tardío. No satisface a quien escribe. A menos que la imaginación del futuro sea tan sensual y tangible que llega a ser un placer. Que ese mundo reducido que es el texto traiga al escritor la sensación de las mentes que crepitan al leerlo. Eso no es un hecho común. Quizá el deseo de escribir nace, generalmente, de otro lado menos glorioso.
Es la exploración de estas reacciones. Es volver a recorrer lo recorrido mirando más de cerca. Concatenar sensaciones y pensamientos y jugar al gato y al ratón con mis experiencias. Explorar, navegar, unir, jugar. Atreverse a escribir es abandonar la seguridad de una imagen de uno mismo. De una imagen que siempre se lleva, pero que no es real. Escribir nos duele, porque escribir es vivir. Y por eso nos gusta, también.
Soy escritor, pero no defino dónde encajo. Escribo poemas, digamos que “bien escritos” aunque con un dejo de ansiedad, como un diario de experiencias, pero no publico en libro. Escribo artículos sobre la relación entre educación y tecnología, que suelen ser más de ideas que de procedimientos. Escribo textos vagamente vinculados con la filosofía estricta, lejanamente articulados con uno que otro marco de investigación filosófica, sin conocimiento sobre las normas de la comunidad filosófica. Escribo furiosamente memorandos, informes, planes bien pensantes y respetablemente realistas para el Ministerio de Educación del Perú. Escribo, escribo, escribo. Pero, ¿esto es ser escritor tipo cuál?
También me dedico a escribir textos donde me propongo explorar ideas. Pensamientos que se me ocurren, como pinturas o músicas que surgen de la mirada ante las cosas, los sucesos, las personas. Como este texto, que nace de preguntarme sobre lo que hago a diario. Estos pensamientos adquieren la forma de la experiencia que los piensa, creo que raramente recurren a formas consagradas como filosóficas en el común de las personas. Quizá eso me haga un pensador marginal, desordenado, con un aporte poco consistente a la filosofía. Bueno, estos pensamientos aparecen cuando me voy hacia atrás de lo que hago: los supuestos de mi condición humana personal. No intento descubrir una verdad universal sino entenderme un poco de manera que sea útil para vivir. Para andar por la vida con algo de horizonte y no vivir desconcertado por cada golpe de viento o disparo en la multitud. ¿Una manera de darle sentido a mi vida? Quizá, porque el conjunto de lo que escribo no es uniforme. Y sin embargo, he reforzado ciertas líneas de mi vida (y agregado surcos a mi cara). A ver qué sigue, pues.
Por más que tengamos una vida media corta y nos volatilicemos en medio del estupor de nuestros seres queridos, somos infinitamente contradictorios. Ante el estupor del filósofo, la rutina es desconcertante. La vida cotidiana es asfixiante, confusa, entretejida de repeticiones que no lo son, que lo son para el filósofo y el analista, que no lo son para el que las vive, como si fuera un agotador combate interminable por subir la roca a la cima y esta roca se empeñara en cambiar de forma durante el camino, hasta que se nos escapa de las manos y tenemos que cargarla desde el piso de nuevo. Las conversaciones y las peleas de oficina o de amor son una muestra de esto. Todo está en movimiento pero todo está fijo, cada conversación y cada pelea regresa al tema de ayer o anteayer, pero cada participante-contrincante-protagonista trae otra artillería o propone otra sutileza, una variante que nació de otro momento en que estaba en la ducha o frente al televisor o debajo de la mesa: como si la complejidad de la vida se alimentara de sí misma a través de minúsculos e incontables vasos capilares. ¡Qué deseo imposible es la estabilidad! Realmente, es imposible. A lo más, lograremos el equilibrio inestable de funámbulo sobre la cuerda entre dos edificios.
Es una infinitud desconcertante, porque no podemos abarcarla aunque la veamos desplegarse ante nuestros ojos y en nuestro patio. La mente se desespera de ver este panel de luces con miles de leds encendiéndose y apagándose y NO existe la palanca que lo apague (malo noticia a los suicidas) y NO existe un solo botón o dial que los controle a todos. Estamos constantemente saltando la mirada de una luz a otra, quizá captando un patrón rítmico entre algunas, o quizá elegimos solo fijarnos en las rojas, o elegimos ver cuál se prende mientras otra se apaga. Y si creemos que esta zona la tenemos comprendida (esta zona de luces de 35 x 35), ya no tiene sentido si la vemos como parte del todo. Es una especie de orden local que desvaría en el conjunto: parecía un orden para mi ojo, era un desorden para los demás.
He sido ingenuo toda mi vida. He creído en mitos, he buscado ilusiones. He navegado por una isla donde el tiempo no existe y el amor es la condición natural de las personas. Creo todavía que es posible, pero no es probable. Creo que sólo puedo vivir si hago algo para encontrarla, aunque sepa que no la voy a encontrar.
Me gustaría sacar de cada día su moraleja, su emblema, su idea. O encontrar en los aglomeramientos del tráfico o en los robos a la carrera algo noble y digno. Pero la urbe no nos da esas oportunidades. Nos deja con pedazos de tiempo robados en los que descansamos de ella.
Nombre:Juan Lapeyre

