El arte como apuesta

En un interesante y misceláneo blog, “Oceanografía del aburrimiento“, encuentro un post dedicado a una observación hecha por Roberto Gómez Bolaños, alias “Chespirito”, y cito fragmentos del post:

De hecho no ha sido el dedo en la llaga, pero donde sí metió el pulgar Chespirito, previa untada en salsa de rocoto, fue en su propia nariz. Menuda torpeza digna del Chavo pues, escribir en su columna del diario mexicano ”El Centro”, que la “Guernica”, una de las obras cumbres de Pablo Picasso, es una caricatura. Buen motivo para esconderse en el barril un par de días.

“Quien me convenza de que el cuadro “Guernica” no es una caricatura va a tener que hacer un gran esfuerzo, porque al verla detalladamente no me parece otra cosa”, afirmó Gómez Bolaños.

Ciertamente, no hay un enlace a lo que escribió en conjunto el susodicho columnista, ni veo a qué se refiere en el contexto de su columna. Sólo el escandoloso acontecimiento de “mancillar una obra de arte” -en la interpretación del autor del post.

Pienso lo siguiente.

¿Qué es una caricatura? ¿Un remedo de una cara? ¿Una interpretación de calidad variable que toma como objeto un rostro? ¿Una interpretación de lo que, en esencia, es esa persona? O tal vez es lo que hacen ciertas personas para ganarse la vida en los mercados y plazas, o lo que hacen algunos artistas renombrados que figuran en los mejores periódicos del mundo. O, no sé, rostros pintados por Picasso alguna vez, al caer de su mano, cuando lo visitaban. Y no sé si el señor opinante, alias Chespirito (una caricatura léxica de Shakespeare, ¿será?), quiso decir, pues falta el contexto a la frase. Sólo creo que “El Guernica es una caricatura” es una frase que tiene distintas profundidades o ángulos. Es, quizá, una frase “caricaturesca”, y, en ese sentido -siendo furiosamente jacokbsoniano- literalmente poética. En fin, yo no sé, pero me deja pensando.

Voy algo más allá. Una vez leí que la diferencia entre manierismo y lo anterior o lo posterior, es decir, entre “lo manierista” y “lo no manierista” (es decir, todas las corrientes artísticas consolidadas) es que el manierista trata al objeto artístico como un objeto en sí, como si las características del objeto fueran, en sí, productoras de belleza o arte. Es decir, la obra de arte no comunica, es un objeto decorativo, de allí que se dediquen a variar sólo texturas, partes, posturas. En cambio, quien no es manierista trata al objeto de arte como una condensación de experiencias, como un camino, como un vehículo, un objeto en continua construcción, donde sus características se vinculan fuertemente con experiencias o con referentes sociales o culturales, de tal modo, que la composición del objeto de arte es un esquema de interpretación que va enriqueciéndose conforme las personas lo disfruten o lo perciban. Además, el no-manierismo implica que se hable del objeto, se comente, se haga en relación con él, es decir, no pide la contemplación o el placer inmóvil.

Y ¿por qué digo esto? Ah, es que cuando leí el post me pareció que el autor trataba al Guernica como un manierista, el Guernica es solo para ser disfrutado y tiene ganado un puesto imperecedero y cristalino en la historia del arte (la cual varía continuamente, claro). Me pareció el autor implicaba que no podíamos cambiar de opinión sobre una obra de arte consagrada, que una obra de arte consagrada ya lo es para siempre, y que nuevas experiencias respecto de ella no son necesarias. Decirle “caricatura” al Guernica es mirarla desde el arte no oficial, que sería equivalente a afirmar que el Guernica es muy “gore” o utilizar partes del Guernica en afiches (lo cual… se hace continumente). Al menos, Chespirito está tratando de entender el Guernica desde sus gastadas neuronas.

Recuerdo mucho el inicio de Amadeus, cuando Salieri toca tonada tras tonada (compuestas por Salieri claro) al sacerdote y éste no reconoce ninguna. Luego, toca una última, el sacerdote sonríe y dice: ah, sí, ésta la conozco. Sólo que no era de Salieri. Es de Mozart. Y Mozart vive porque su música cambia, o, mejor dicho, no cambia, abarca el universo de las experiencias humanas, su evolución, su futuro, sus posibilidades. Sea cual sea el cambio del ser humano, una obra de arte, Guernica o Las Meninas, Mozart o Beethoven o Bach, siempre es imperecedera porque alberga el cambio, porque es una apuesta sobre la duración de la experiencia humana.

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Experiencia y poema

Me llamó la atención entre la variada poesía de un sitio de recoilación de poemas y poetas peruanos la tendencia (ojo, la tendencia, la tendencia) a evitar la exactitud. Como si dar vueltas le diera más significado al poema, como si la reflexión sobre el lenguaje debe ser parte del poema de manera evidente. El poema, creo, es sólo la persiana, no la luz. La experiencia no trasmisible, personal, existe, el poema la recrea en el otro, pero es otra experiencia (y la misma, inexplicablemente). Eso no lo digo yo, sino Middleton Murry. Y Elliot. Y todos los clásicos. Y todos los románticos, finalmente. El poema no es sino la máscara. Y la máscara no es la descripción de la experiencia sino su signo: absolutamente inmotivado pero causalmente anclado. Así, sobre el poema que se titula “Suicida”, de María Rumaja Córdova:

He pensado tanto en el suicidio,
sé que vivo infiel a mi maridaje con la muerte.
- sigo aún con vida -
He pensado en mil formas de acabar con el suplicio
de vivir,
de sentir,
he batallado con mi condición de mujer.
He buscado mil formas de sellar mi entrepierna,
de mutilar mis senos.
Cada segundo me encamina a la demencia.

He creado un discurso bien planificado…
con palabras sin intención de reproche
dictadas ahora por mi garganta,
mi garganta siempre temblorosa y traicionera,

He planificado mi suicidio
mientras irradiaba una luz sobre el escritorio…
con un revólver en la mano menos hábil
y en el corazón la cobardía de existir
sabiendo que nada esta perdido.

Hoy he tropezado con mi alma,
pienso más en el suicidio,
cohabito con su sombra
y desde mis liadas diatribas
le creo himnos de alabanza
y frases trilladas

… hice esto, que quizá no sea poema:

Infiel a la muerte
De tanto pensarlo
Urdiendo maneras
De escapar de

Me invento novelas
De mi muerte en mis manos
Novelas o proyectos
Donde vacío mi alma
De cobarde

Cómo me miento
Entre dientes
Recitando
El mantra de mi muerte
El mantra de mi muerte
El mantra de mi muerte

Quizá no trasmita el dejo de género (no es central en el poema original), tampoco da detalles específicos del “revólver” o de la luz sobre el escritorio, pero estos detalles no colaboran con la ironia de alguien que quiere suicidarse y no lo hace y hace de ese intento una especie de rito, de manía, de fabulación.

Narrar es lícito en poema, siempre que crea la experiencia básica. Cuando se convierte en escenografía o en video clip, ahí la narración empieza a sacar de quicio a la poesía. Y es otro mundo, entonces.

No creo que el poema no sea bueno. No puedo calificarlo de ese modo o del otro. Sólo creo que no es exacto, que ha creado demasiado alrededor pero no ha hecho sentir adónde iba. Y eso crea mi impaciencia. Con perdón de mis errores.

Y es que tengo un defecto: creo que la poesía es ser en el lenguaje, no usar el lenguaje para crear objetos de diversa índole. Y creo que poeta no es un estado, es más bien algo que encontramos dentro y sacamos a duras penas. No es escribir de cierto modo lo que hace poeta, sino necesitar escribir para ser, para estar completo. Digamos, Superman no lo es por su ropa, sino porque le hace daño la kriptonita y los soles amarillos lo favorecen. Eso creo. Y eso es inevitable. Aflora.

Y no es que mucho hablar de manera imparable (como tal vez esté haciendo, mmm) sea signo del poeta. Es la efectividad de ese hablar. Lo otro puede ser coprolalia o sematofilia o lexomanía. Es la necesidad de vivir en el lenguaje, insisto (y en todo lo que se vincule al lenguaje, como toda representación). Se siente la reallidad como resistencia, no como tema. En fin, son mis creencias, y ya no debo seguir aburriendo.

Pero, como creo que debo mejor explicaciòn, miro este otro poema de Jorge Frisancho, poema del que puedo decir que me gusta. Del que podemos leer, llamado “(cuáles horas)”:

cuáles horas en tránsito
si las de estarse quieto en estos interiores
son las de estarse aquí sobre la móvil silla
que nos conduce a nada velozmente
salvo por esa herida bajo el párpado
salvo por ese cierre
salvo por la palabra

no estar en ningún lado pero solo en el cuarto
en el que en qué idioma escribes estas ansias
quedas huecas sordas palabras prisioneras
que a nada nos conducen ferozmente
sino a la ciega órbita metálica
del ojo de la máquina

pero este estarse aquí profundamente
es ya no estar allá ni haber estado
salvo por la memoria que se cierra
sobre esta misma hora silenciosa
y en el silencio de la hora hiere
el párpado con móviles palabras

que están aquí jamás sobre la silla
que en qué cerrado idioma nos conduce
a nada finalmente, a cuáles horas

¿Hay aquí tentación de evitar la exactitud? No creo. Sólo que “nos conduce a nada velozmente / salvo por…” una herida, un cierre, la palabra. Es el palpitar de las horas, desnudo. El ¿no ser hegeliano? Quién sabe, es un misterio. Es el estar siendo sin decidirse a ser. Es el idioma que rechina al moverse sin saber para qué se mueve, dónde está, qué quiere. Es exacto el lenguaje en decirse lo que hace y no qué hace. A mí me gusta, porque me gusta el derecho procesal y la metafísica. Y me gusta cómo me gusta “Las meninas”. Estamos en el mecanismo de la representación. Pero eso no es la resistencia de la realidad. Es una experiencia, pero no trasciende su sintaxis. O, digamos, es la semántica de la sintaxis de la experiencia. Eso me preocupa. Porque puede sonar a juego. Y quizá lo es. Y quizá quiera serlo. Y quizá el juego es el ser. Pero no hay que entregarse tan pronto, el juego debe ser el juego de no jugar, de no seguir las reglas. Debería ser el juego de la vida. Uno donde “la máscara no lo oculta, lo revela”. Si todo fuera mostrarse siempre, ¿para qué mostrar? A mí me gustan las transiciones entre dos melodías, cómo una disposición de notas se transforma en otra, y esa transformación presenta a nuestro oído un universo de asociaciones nuevo. Allí debo encontrar la poesía y la vida: en la necesidad de las transformaciones. Y eso no sucede en este poema. Me exhausta. Me deslava. Me quita el ser.

Claro, usted, me dirá él, usted es un devoto del realismo, del contenidismo, de los valores trascendentes. El poema es real en la medida que esas creencias en el realismo, el contenidismo, los valores, sólo sean señuelos de la sociedad, arguirá. En fin, que el problema soy yo y no el poema. Y es verdad, el problema soy yo, que no quiero menos. Necesito una total subjetividad, y este poema es impresionista, como a la manera de Seurat. Está construido de puntos sin realidad en sí mismos. El total adquiere una experiencia. Pero eso mismo depreca la intención del poema: llega a ser real porque la experiencia no es la representación pura haciéndose ojitos a sí misma. Si el poema se yergue contra sí mismo es porque existe ese origen que le da pálpito de posibilidad a lo que exhibe el poema: está el poeta negándose a estar en el poema, dejando que el lenguaje sea el protagonista. Pero eso mismo es un movimiento real, creíble. Ésa es la experiencia del querer alejarse de la representación. Es una afirmación de realidad en negativo. En fin, de nuevo me extendí. Y finalmente que la insistente negación de la experiencia es una forma de estilizarla, de hacerla oblicua, de soslayar lo evidente, de refinar la realidad para hacerla afín a la subjetividad que se esconde. Vemos el pie en el borde de la puerta que se cierra. Es la firma del poeta.

Con toda probabilidad, sobre-interpreto. Pero supongo que me gusta irme más allá. Sea.

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Objetos rebeldes

Luna de gato de CheshireNada entra por los ojos que no haya estado en el alma, digamos. O nada sale por la boca que no haya entrado por los ojos, también. De una u otra forma, nosotros, los hijos de las palabras y las cosas en conflicto, encontramos la sabiduría. Es decir, nos anclamos en los orígenes de nuestra confusión. ¿Quién o qué o cómo empieza nuestro pasmo ante lo que se nos resiste, al control, a la apropiación, a la definición?

Se me hace agua la boca cada vez que pienso en el pobre gato cuántico. O en la teoría del caos. En el universo que fluye entre las rendijas de los experimentos de la luz. En todas las formas que intentamos para mantenernos sobrios sobre el caballo de la vida. Incluso en la contemplación mística de la excelsitud o de la nada. Las formas que son la experiencia humana, el dejo que la especie tiene cuando se convierte en el sujeto y empieza a balbucear explicaciones o simplemente representaciones o básicamente indicios e incluso imágenes. Es como si la niebla quisiera adoptar la forma del objeto que la impide.

Quizá tenga razón el nihilista, que no soy yo, y exista la negación sobre todas las… resistencias a ser. No lo sé, porque saber es colocarme como un limite perfectamente definido. ¿A qué? Depende, quizá simplemente ser el límite por mantenerse en ello, como decía Spinoza. Simplemente, una casualidad de encuentros que el demonio de Laplace encuentra divertida por un instante. Es meramente una intuición de nuestra falta de sentido, siempre que “sentido” sea el contenido de nuestra negación.

Es la frase del título la que me ha llevado a esto, una aparente especulación sin sentido, es decir, un reflejo de un vacío, pues somos lo que dejamos de hacer. Y lo que dejo de hacer es tratar de forzar la aparición de mi objeto. Simplemente dejo que coincidamos. En eso coincido con los místicos, con los astrónomos. Y me aprovecho de la situación, como hace todo buen científico. Y saco consecuencia de ese minúsculo encuentro, consecuencias para toda mi vida, consecuencias de consecuencias, como todo buen filósofo (bueno en el sentido moral, no en el técnico, claro).

Gato CheshireEstamos enrrollados en nosotros mismos, mientras los objetos son el infinito. Entonces, si no nos desenrrollamos para ser lo que llamamos objeto, ¿cómo llegar a ser? De alguna forma multimorfos, de alguna forma continuamente negadores de nosotros mismos, nos trascendemos despojando al sujeto de su contenido, y de ese modo somos el movimiento que nos disuelve. Y así permanecemos, perdidos, advertidos, atentos. Y somos la sonrisa del gato de Cheshire. La sonrisa sin gato. La pura relación.

(Así era antes, amor, sonrisa sin rostro.)

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Escribir o atreverse a ser

36571067 99b8ce7a3c oNo sé qué escribir en mi blog, me decía, mientras yo sentía que ésa no era la verdad. La sensación implícita es que todo lo que podía escribir le parecía poco original, ¿por qué escribir lo que siento si no agrega nada nuevo al mundo? escuchaba detrás de sus palabras. ¿Y qué podía decirle? Le dije que todo lo que uno ve, lo ve de manera única. Si escribía sobre esa experiencia, estaría siendo original. Dijo que sí, era verdad. Pero detrás de estas otras palabras decía: es evidente, pero sigo sin agregar nada significativo al mundo. Siempre estaba ahí la desilusión y la desesperanza, sentimientos que le impedían escribir libremente.

Para escribir uno tiene que ser temerario y arrogante, de alguna manera. Suponer que esto es importante, de algún modo. Que es único e influyente, en algún sentido. Esta convicción no aparece de la nada. Crece con uno. O uno la busca, para no despedazarse, para no sentirse mal, para volver a sentirse bien o pleno o casi realizado. En el fondo, no importan las motivaciones. Escribir es un acto de desvergüenza. Y escribir para publicar es casi un escándalo.

¿De dónde viene la escritura? De una necesidad de ponerse en frente de uno mismo. Quizá digan los expertos que es una necesidad de conservar los recuerdos útiles y de utilizarlos para vivir mejor, o para controlar una sociedad. Quizá diga alguno que la escritura implica una degradación de la realidad (porque es una copia de un recuerdo, y un recuerdo es una copia de una realidad). O digan otros que la escritura simplifica la comunicación, porque la reduce a una interpretación de acuerdos previos, en la medida que estas marcas y estas palabras no tienen cuerpo, dimensión de ojos semi-cerrados, de labios curvados, de pausas y de tonos, de olor y de acercarse y alejarse de los que se hablan. Entonces dirán que la escritura viene de una reducción de la experiencia. Que el significado de un texto escrito es menos complejo que una partitura musical. En fin, que la escritura es un obstáculo para vivir, porque es una mediación entre yo y el mundo, o yo en el mundo. La escritura, entonces, es una blasfemia, también.

Desde que la escritura apareció, pero más aún desde que se volvió un medio de intercambio común a través de textos copiados o impresos, el escritor o el que escribe sabe que sufre muchas metamorfosis. Algunos lo leerán de cabo a rabo, siguiendo sus instrucciones evidentes, desde la primera letra hasta la última. Otros leerán por aquí y por allá, algunas veces, y no volverán, o volverán para quemar el libro. Otros mirarán varias veces en la misma página, lentamente irán mirando cada palabra, cerrando el libro y los ojos para imaginar o dejar vagar a la mente. Sabemos que muchos empezaron a coleccionar fragmentos de libros, retejiendo párrafos de unos con otros, no como un collage, sino como un mosaico. El escritor, que ha generado tantas experiencias, también ha generado otros escritores. Descuartizado, vuelto a pegar: su texto se recobra como miles de nudos diseminados, y sólo se ve su descendencia cuando uno mira de lejos todos los restos diluidos en una serie de lecturas a lo largo del tiempo. La escritura, allí, es una especie de muerte desgarradora.

401605354 720f0c1165 oSi sucede que la escritura es un escándalo, una blasfemia, una muerte, ¿por qué escribir? No digamos que nos ayuda a vivir fuera del tiempo. La idea de la fama y de la supervivencia a través del recuerdo es un beneficio menor y un consuelo tardío. No satisface a quien escribe. A menos que la imaginación del futuro sea tan sensual y tangible que llega a ser un placer. Que ese mundo reducido que es el texto traiga al escritor la sensación de las mentes que crepitan al leerlo. Eso no es un hecho común. Quizá el deseo de escribir nace, generalmente, de otro lado menos glorioso.

Dos requisitos son básicos en esto. La lectura y la necesidad de sentirse. Escribo porque he leído. Porque he descifrado mensajes, secretos, susurros entre las marcas. Es como cuando uno mira una mancha en la pared y descubre un rostro de Cristo o de Niels Bohr (cada quien con su fe). Cuando descubre que ese ruido con ese tono me trae a mi madre más cerca. Como cuando uno comprende que “el amor es un viejo amigo” no significa que mi viejo amigo se llama Elamor. Hemos hilvanado un sentido, algo que nos ayuda a darle lugar a cada impulso y cada momento. La vida es experiencia y, como dice Steiner, la cultura es un proceso de traducción de experiencias. En cierto sentido, entonces, la vida consiste en leer, primero, en escribir, después.

Mi mente se ha llenado de citas, de recuerdos, de sensaciones. A veces siento que esta cita daba respuesta a todas mis dudas. “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”, es una máxima de vida derivada de las palabras de un maestro. Pero eso no me prohíbe golpear a los demás, siempre que encuentre placer en ser maltratado, aunque sienta que golpear a los demás no sea algo bueno. Entonces, la lectura es insuficiente para vivir. Tengo que combinar mis lecturas y armar MI TEXTO. Escribo, entonces. Lo que pienso mientras camino por la calle de noche, o en el auto o en la sala de espera, es mi escritura. Mi tejido de experiencias. Mi reacción ante una realidad que se me resiste. Que no es lo que pienso. La escritura empieza a llenarme las manos de lo que soy. Si escribo en mi mente, ¿por qué no escribir en el papel? ¿por qué no encontrarme o descubrirme entre las líneas? A lo mejor, ése soy yo. No sólo el conjunto de las citas y los recuerdos. No sólo el conjunto de los enlaces de delicio.us o las imágenes que descargo, la música que escucho o la conversación con mis amigos. No es sólo el conjunto, no sólo soy esa suma. Debo detectar porqué los junto. Por qué esta música se relaciona con esa frase que le dije a ella esa noche. Por qué ese color de las sombras de sus ojos me sabe a chocolate si no es marrón.

259954778 242ed5fde3 oEs la exploración de estas reacciones. Es volver a recorrer lo recorrido mirando más de cerca. Concatenar sensaciones y pensamientos y jugar al gato y al ratón con mis experiencias. Explorar, navegar, unir, jugar. Atreverse a escribir es abandonar la seguridad de una imagen de uno mismo. De una imagen que siempre se lleva, pero que no es real. Escribir nos duele, porque escribir es vivir. Y por eso nos gusta, también.

No sé si esto responda a su pregunta. Lo único que puedo decir, realmente, es que si no escribes nunca se borrará esa mirada que tienes ahora y que sigue preguntando ¿quién soy?

[Este texto lo había publicado en EDUTEC, el 1 de marzo de 2006, quiero rescatarlo, porque sigo pensando en el asunto, ahora con nuevas emociones y experiencias… que me hacen caminar con más energía. Y vivir, y escribir.]

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Intento de definicion

165270030 8ddf7a4735 oSoy escritor, pero no defino dónde encajo. Escribo poemas, digamos que “bien escritos” aunque con un dejo de ansiedad, como un diario de experiencias, pero no publico en libro. Escribo artículos sobre la relación entre educación y tecnología, que suelen ser más de ideas que de procedimientos. Escribo textos vagamente vinculados con la filosofía estricta, lejanamente articulados con uno que otro marco de investigación filosófica, sin conocimiento sobre las normas de la comunidad filosófica. Escribo furiosamente memorandos, informes, planes bien pensantes y respetablemente realistas para el Ministerio de Educación del Perú. Escribo, escribo, escribo. Pero, ¿esto es ser escritor tipo cuál?

Me consuelo con el pensamiento de que no debo encajar, que, a lo mejor, andar así es una señal de individualidad. Entonces, me pongo a ver el efecto de lo que escribo. Quizá me defina mi público (aquí sonrío melancólico e irónico). Escribo en blogs, principalmente, el de poemas con pocos lectores, de los que conozco unos pocos. Y pocos de verdad, ni alcanzan los dedos de una mano. Los poemas que escribo ni son tan “profesionales” como el mainstream actual (no creo en escapar del lenguaje cotidiano, sino de los esquemas del pensar cotidiano), ni son tan “sentimentales” o “semejantes a reflexiones” como muchos otros. Digamos que me he esmerado en seguir el modelo clásico, sin usar moldes clásicos: he escogido mis poetas fundamentales y sólo imito o sigo a poetas que han pasado la prueba de los años, por no decir siglos. ¿Por qué? Seguridad, tradicionalismo, solidez, mmm. No, no creo. Más bien creo que busco en la exploración de mi propia experiencia a través de los instrumentos desarrollados antes o de otros que puedo generar. Parece una poesía bastante seca, quizá intelectual, sin mucha pasión. Sin embargo, se me quiebra la voz cuando se los leo a otra persona, frente a frente. Al menos, siento que me desnudo tan evidentemente, que me sonrojo. En fin, esos son mis poemas. Y yo.

El blog donde escribo mis artículos sobre la relación entre tecnología y educación es el que tiene más éxito, relativo, claro. Supongo que, al menos, propongo una manera personal o peculiar de mirar esa relación. Pero suelo extralimitarme en el tema. Por ejemplo, escribo sobre creatividad, el vínculo entre maestro y alumno, la sociedad del conocimiento, y temas al garete de mi lecturas y mi experiencia diaria. Es como un desahogo de mi trabajo de oficina, donde escribo para informar, recomendar, criticar: el ejercicio cirujano de la razón práctica. Como si fuesen, entonces, dos caras de la moneda, dos aspectos de mi tendencia a planificar, a razonar, a argumentar, a encontrar salidas. Bien. Pero, el efecto es, en ambos, similar, mi “público” es docente, preocupado por la educación, que buscan segundas, terceras opiniones, u opiniones claras que les ofrezca vetas del horizonte, en cierto sentido, me coloco en la posición del “experto”, y siento que, por pensar con más tiempo y relativo orden, me convierto en una fuente de información más que en una persona que conversa sobre lo que le apasiona. Ahí es que me preocupo, pero creo que no es fácil evitarlo.

arena caminosTambién me dedico a escribir textos donde me propongo explorar ideas. Pensamientos que se me ocurren, como pinturas o músicas que surgen de la mirada ante las cosas, los sucesos, las personas. Como este texto, que nace de preguntarme sobre lo que hago a diario. Estos pensamientos adquieren la forma de la experiencia que los piensa, creo que raramente recurren a formas consagradas como filosóficas en el común de las personas. Quizá eso me haga un pensador marginal, desordenado, con un aporte poco consistente a la filosofía. Bueno, estos pensamientos aparecen cuando me voy hacia atrás de lo que hago: los supuestos de mi condición humana personal. No intento descubrir una verdad universal sino entenderme un poco de manera que sea útil para vivir. Para andar por la vida con algo de horizonte y no vivir desconcertado por cada golpe de viento o disparo en la multitud. ¿Una manera de darle sentido a mi vida? Quizá, porque el conjunto de lo que escribo no es uniforme. Y sin embargo, he reforzado ciertas líneas de mi vida (y agregado surcos a mi cara). A ver qué sigue, pues.

Soy escritor porque escribo. Porque guardo en textos mi experiencia de manera que otros la entiendan y de la manera que la distingan de otra y de la forma en que la relacionen con la vida. No tengo unidad en mis temas, en mi público, en el género en que viven mis textos. Es mi respuesta híbrida al contexto en que respiro, como, duermo, trabajo, amo, duermo, etc. No tengo una función social única o reconocible. Picoteo por aquí y allá. No tengo una imagen pública. No publico (libros), ¿lo haré?, quizá, pero ¿de cómo?, ¿bajo que género?, porque si reúno lo que escribo no soy literato o poeta, apropiadamente hablando, ni filósofo, ni doctor en educación. Quizá, como Diógenes, sólo busco que no me tapen el sol. Quizá como Hegel, sólo busco comprender todo (uff) lo que vivo. Quizá como todos, busco la felicidad. En eso estoy, escribiendo.

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Somos infinitamente contradictorios

arena caminosPor más que tengamos una vida media corta y nos volatilicemos en medio del estupor de nuestros seres queridos, somos infinitamente contradictorios. Ante el estupor del filósofo, la rutina es desconcertante. La vida cotidiana es asfixiante, confusa, entretejida de repeticiones que no lo son, que lo son para el filósofo y el analista, que no lo son para el que las vive, como si fuera un agotador combate interminable por subir la roca a la cima y esta roca se empeñara en cambiar de forma durante el camino, hasta que se nos escapa de las manos y tenemos que cargarla desde el piso de nuevo. Las conversaciones y las peleas de oficina o de amor son una muestra de esto. Todo está en movimiento pero todo está fijo, cada conversación y cada pelea regresa al tema de ayer o anteayer, pero cada participante-contrincante-protagonista trae otra artillería o propone otra sutileza, una variante que nació de otro momento en que estaba en la ducha o frente al televisor o debajo de la mesa: como si la complejidad de la vida se alimentara de sí misma a través de minúsculos e incontables vasos capilares. ¡Qué deseo imposible es la estabilidad! Realmente, es imposible. A lo más, lograremos el equilibrio inestable de funámbulo sobre la cuerda entre dos edificios.

273496092 e0835e35b6Es una infinitud desconcertante, porque no podemos abarcarla aunque la veamos desplegarse ante nuestros ojos y en nuestro patio. La mente se desespera de ver este panel de luces con miles de leds encendiéndose y apagándose y NO existe la palanca que lo apague (malo noticia a los suicidas) y NO existe un solo botón o dial que los controle a todos. Estamos constantemente saltando la mirada de una luz a otra, quizá captando un patrón rítmico entre algunas, o quizá elegimos solo fijarnos en las rojas, o elegimos ver cuál se prende mientras otra se apaga. Y si creemos que esta zona la tenemos comprendida (esta zona de luces de 35 x 35), ya no tiene sentido si la vemos como parte del todo. Es una especie de orden local que desvaría en el conjunto: parecía un orden para mi ojo, era un desorden para los demás.

Eh, que no todo es tristeza. Vivimos poco, pero somos infinitos. Infinitamente inentendibles. Cansadoramente sorpresivos. Quizá debamos dejar que el ojo divague o dejar de forzar la pintura. Siempre habrá un quiebre, una grieta en la pared. Y la perfección del hombre es vivir en una casa a punto de derrumbarse como si fuera infinita, creo.

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Una opinion con cierto estilo

eye2transHe sido ingenuo toda mi vida. He creído en mitos, he buscado ilusiones. He navegado por una isla donde el tiempo no existe y el amor es la condición natural de las personas. Creo todavía que es posible, pero no es probable. Creo que sólo puedo vivir si hago algo para encontrarla, aunque sepa que no la voy a encontrar.

Sin embargo, es una actitud evasiva. Quizá todo lo que existe es el ahora, el sacarle provecho mejor a lo que tenemos. Quizá la ilusión consiste en subir la vara unos centímetros y querer algo más de lo mismo. Lo que llamamos ideales sólo son unos buenos letreros a la entrada del pueblo, que venden a los turistas un ajuste de la realidad a sus expectativas.

topic ladybug

En mi vida he optado por un camino del medio. He supuesto la improbabilidad del amor y de la felicidad, y su búsqueda es mi mayor placer, amargo a veces, melancólico, ciertamente. Pero, respecto a los demás, he respetado la segunda actitud, que creo la más realista y la que menos dolor causa. He adoptado la pose del héroe trágico, que sufre mientras los demás son felices, aunque sabe que esa felicidad es relativa, mientras que su ausencia de felicidad es un absoluto.

Trato de respirar el aire de todos los días. Pero no encuentro en ese aire el sabor de lo complejo, ni las sutililezas de lo incierto y lo posible. Pero, tiene un sabor robusto, tiene el cuerpo que no tiene el aire de mis deseos. Y entonces me atolondro por respirarlo, aunque sé que sólo podré resistirlo poco tiempo, más por constitución que por su falta de sabor -que le sobra condimentos-

jlapeyre3Me gustaría sacar de cada día su moraleja, su emblema, su idea. O encontrar en los aglomeramientos del tráfico o en los robos a la carrera algo noble y digno. Pero la urbe no nos da esas oportunidades. Nos deja con pedazos de tiempo robados en los que descansamos de ella.

Todo termina en esta disyuntiva: querer o poder. Y la realidad se ríe de nosotros, porque son sus máscaras no más. En realidad, no importa. Lo que resulta, queda. Me consuelo pensando que mi vida la estoy haciendo para que lo que resulte valga la pena para después y para otros, como esto. Si no, habré vivido en vano.

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